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Quique González presenta su nuevo disco «1973» en la sala Impala de Córdoba | 13 Febrero de 2026


⦿ Quique González – Un chico de la vieja escuela vuelve a la ciudad.

El Rock no siempre necesita de volumen para imponerse. A veces basta con una voz que ha sobrevivido al tiempo y una colección de canciones que se han ganado su sitio en la memoria. El pasado 13 de Febrero, la Sala Impala de Córdoba fue testigo de una de esas noches en las que el oficio pesa más que la pose. Quique González regresaba a la ciudad dentro de la gira de presentación de: 1973, el disco que marca su presente mientras celebra, sin necesidad de decirlo en voz alta, más de veinticinco años de resistencia en el Rock español.

La sala Impala no presentaba ese ambiente denso de las grandes ocasiones, pero como siempre: cerveza en mano, conversaciones sobre conciertos pasados y la sensación compartida de que lo que iba a ocurrir no era un simple bolo más, sino el regreso de uno de los últimos artesanos del cancionero eléctrico estatal. Sin artificios, sin pantallas, sin distracciones. Solo canciones.

1973, el origen marcado como destino, un disco publicado apenas semanas antes de esta gira, un trabajo que ha sido señalado como uno de los trabajos más personales de su carrera. Un disco atravesado por la memoria, donde Quique revisita su propia biografía sin caer en la nostalgia fácil. El título, su año de nacimiento, no es casualidad: es una forma de mirar hacia dentro para entender quién es hoy, después de décadas de carretera, escenarios pequeños, reinvenciones y fidelidad a sí mismo.

Las nuevas canciones se mueven en ese territorio que siempre ha sido suyo: Rock americano filtrado por la melancolía urbana, guitarras sobrias, letras que parecen escritas a las tres de la mañana. La crítica ya había destacado antes del arranque de la gira la honestidad del álbum, su tono crepuscular y su negativa a adaptarse a cualquier moda. Quique no compite con nadie. Nunca lo ha hecho.

1973 confirma esa coherencia. Es un álbum que habla de identidad, de raíces, de permanecer cuando todo invita a desaparecer. Y sobre el escenario de la Sala Impala, esas canciones encontraron su forma definitiva: humanas, imperfectas, reales.

La elegancia de quien no necesita demostrar nada mostrada desde el primer momento, el concierto se sostuvo sobre la precisión y la emoción contenida. Quique apareció sin épica impostada, con esa presencia discreta que lo ha acompañado siempre, dejando que la música hablara por él. Su banda, sólida y sin fisuras, construyó el paisaje perfecto: guitarras limpias, pulsión eléctrica medida y espacio suficiente para que cada palabra respirara.

Los temas de 1973 sonaron con una intensidad serena, confirmando que estamos ante un disco que crece en directo. Canciones que hablan del paso del tiempo, de las decisiones tomadas y de las heridas que se convierten en identidad. No hubo prisa. Cada acorde parecía colocado exactamente donde debía estar. El público escuchaba con respeto. No era silencio: era atención.

Pero si algo define los conciertos de Quique González es su capacidad para conectar pasado y presente sin que se note la costura. El repertorio fue salpicado por canciones que llevan décadas acompañando a su gente, recibidas con una mezcla de euforia y complicidad. Himnos de barra de bar y carretera secundaria, historias de perdedores hermosos y supervivientes emocionales.

Cada vez que sonaban los primeros acordes reconocibles, la sala respondía como un solo cuerpo. No había distancia entre escenario y pista. Quique nunca ha sido un artista de masas, pero sí algo más difícil: un artista necesario para quienes lo entienden. Su voz, intacta en intención, cargada de experiencia, convirtió la Impala en un refugio compartido durante hora y media.

El Rock como forma de resistencia en un tiempo dominado por la inmediatez, Quique González sigue defendiendo una forma de hacer música que pertenece a otra tradición: la de los discos que se escuchan de principio a fin, las letras que importan y los conciertos que se viven como una ceremonia íntima.1973 no es un ejercicio de nostalgia, es la confirmación de que todavía se pueden escribir canciones honestas después de todo. Y sobre el escenario, lejos de sonar como un veterano acomodado, Quique se mostró firme, creíble, plenamente conectado con su presente.

El concierto terminó sin grandilocuencias, fiel a su naturaleza. Sin discursos innecesarios. Sin trucos finales. Solo un tipo con una guitarra acompañado por una gran banda y más de dos décadas de canciones a sus espaldas y la certeza de que mientras exista un escenario y alguien dispuesto a escuchar, el Rock and Roll seguirá teniendo sentido.

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